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Extractos de vuestras lecturas

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1 Extractos de vuestras lecturas el Lun Ago 18, 2008 9:01 pm

Tal y cual.

Política de hechos consumados, de Nacho Vegas:

Seres hipotéticos y seres poco memorables.
De ellos se compone la existencia, básicamente. En las noches ebrias, en el sexo, en el amor... Allí habitan los Seres Hipotéticos, desilusionándonos, desesperanzándonos, y, en fin, desesperándonos. Los Seres Poco Memorables, no obstante, también viven en las noches ebrias, en el sexo y hasta en el amor. En los mismos lugares, aunque en dimensiones diferentes.
Cojamos a la Sra. A. Ella anhela al Sr. C, aunque sabe que nunca lo tendrá. Es un Ser Hipotético. Al mismo tiempo se acuesta con el Sr. B, que no es sino un Ser Poco Memorable, y al que en poco tiempo acabará relegando a algún insignificante compartimento de su memoria. ¿Puede limitarse la existencia de la Sra. A a un cuadro tan vulgar? ¿No es posible que exista un Ser Real y Memorable que se instale en su vida? Bien, supongamos pues que aparece un Sr. Ch del que la Sra. A se enamora. Pero para ser sinceros hemos de admitir que las posibilidades reales de supervivencia del Sr. Ch entre el Sr. B y el Sr. C son más bien escasas.
¿Cómo enfrentarse al tiempo con lo que no existe y lo que desearíamos que no existiera? ¿Quién ganaría una guerra entre la imaginación y el olvido? Y sin embargo anhelamos a unos y despreciamos a los otros sólo cuando se trata de los demás. ¿Qué es uno para uno mismo? Una frustración. ¿Y qué es lo que desearía hacer y no puede? Olvidarse de sí mismo. ¿Acaso es el tedio una solución? Que me corten la cabeza.

Tengo un reproche que hacerle al mundo.
Lo culpo por haber desatado sobre mí
toda la furia de este mal incurable,
de esta patología del espíritu:
El doble don de la sensibilidad suficiente
para apreciar las cosas buenas y sencillas,
y la absoluta incapacidad para disfrutar de ellas.
No es la mala vida la que me mata, no;
es la vida toda
y mi conciencia extrema de ella
-vislumbre de la muerte.
Primero maldigo. Luego
reclamo un poco de atención:
Dimito como ser humano.

El cadáver, de Juan José Plans:

Estúpida humanidad. Flotando en nubes rosas o negras. O de cualquier color. Pero sin entenderse. Flotando, eso es. Y se cree tan inteligente. Tan lista, como el sabelotodo del pueblo, ese que a escondidas, en el retrete del casino, se limpia la babilla de la pedantería. Pues yo digo. Y un torrente de palabras. Que no conozco a pocos. No tardará en llover. La humanidad que ha llegado a la Luna. ¿Y qué? Podían haberse ido al cuerno. Seguimos siendo pobres. Miserables, por definición. Basta con leer los periódicos. «No existe ni un solo soldado que no esté familiarizado con todas las formas de matar.» Hoy, como todos los días, en cualquier parte, treinta y pico muertos. Muertos por armas. Motivo de enorgullecerse. ¡Que revienten! Como si escribiera un crítico taurino después de una buena tarde. ¡Olé! Y un muerto. ¡Olé! Y otro muerto. Con noticias así se tiene que tomar una el desayuno. Otros, a la misma hora, muriendo de hambre. Aquel niño que vi en una foto intentando comerse una piedra. Que me hablen cuando acaben las guerras. Encima quieren justificarlas. Y lo hacen, ¡vaya que si lo hacen! ¿Dónde estamos? Acaba pagando el que roba por necesidad. Ni roba, porque otros han devorado lo que era suyo. O la que enseña una pierna. Una pura juerga. Mientras tanto, los de siempre. Eterna violencia. Y, como migaja, contadas veces, un poco de amor.
¿Amor? Qué broma. Amar es casi un delito. O sin casi, tal y como van las cosas. Con el estómago más lleno o más vacío. Pero iguales. Necios. Y venga a tropezar con la misma piedra. Con la de caminos llanos que hay. Hasta los animales se deben reír de nosotros. Ya no creo ni en el demonio, que también se equivoca. Ya ni al demonio se le puede vender el alma. Está demostrando ser tan desgraciado como cualquiera. Debe estar hipotecado. O cambia las llamas por buenos billetes o no tiene nada que hacer. No asusta ni a los niños. Le tiran del rabo. Y que no se le ocurra anunciar calor en su infierno (hay más infiernos; por ejemplo, el mío particular), porque se le llenará de turistas. En cambio, él también tiembla ante la amenaza. Esa de destruirnos en cuanto estemos un poco más enloquecidos, con la atómica, la bacteorológica o con la que se nos ocurra. Para eso nos sobra ingenio. Entonces, todo para nada. Pensándolo bien, todo es para nada. El muerto al hoyo y amén. Se acabó. Barridos del mapa. Hablo así porque quiero, porque me apetece. ¿Me explico? ¿Razonamiento de tonta? Pues bueno. Ahora me siento combativa. O rabiada. Acabaría con todo. Quisiera morder.

En la ventana. Con la nariz aplastada contra el cristal. Estatua. Tan sólo algún pestañeo. El único síntoma de vida. Los ojos, en la lejanía. Más allá de la ciudad. En el infinito.
Se abre la puerta de la habitación. Entra una joven, que intenta ocultar con la mano su ahogada risa. Se acerca. Me toca en la espalda, en un hombro, en el otro. No me inmuto.
—No la he llamado.
—¿Qué?
—Creí que era la enfermera. Las enfermeras siempre tienen la costumbre de entrar como los fantasmas. Como mis fantasmas, sin pedir permiso.
—Es divertido eso que has dicho. Nunca se me había ocurrido.
—¿Te hace gracia? Pues no la tiene. Creo que nada tiene gracia. ¿Siempre estás así, riendo de esa forma tan estúpida?
—Sí. Es mi enfermedad…
—Lo siento, no quise…
—Tengo una risa nerviosa. Dicen que se puede curar. Pero hubo un tiempo en que pensé que acabaría muriendo a causa de la risa. Y no, eso tampoco tiene gracia. ¿No te ríes nunca?
—Ya no.
—¿Por qué?
—¿Para qué?
—No sé…
—¿A qué se debe esta visita?
—Me he quedado sin tabaco. ¿Tienes?
—Busca por ahí.
—¿Te importa si…?
—No. Fuma lo que quieras.
—Pero, ¿dónde están? Este paquete no tiene cigarrillos.
—En el bolso.
—Ah, sí. ¿Sabes? Sin tabaco me desespero. Si al menos pudiera dormir. Pero no hay manera. Muchas noches me desvelo. Como comprenderás, esta risa no deja descansar. Sin tabaco me desespero, ya te lo he dicho. Hasta me enfurezco. Aunque no lo parezca, tengo muchas rabietas. Pero con esta risa, pues nadie se da cuenta. No me hacen caso. ¿Eres nueva, verdad?
—¿Nueva?
—Quiero decir que has llegado hoy.
—Sí. Pero vieja.
—¿Vieja?
—¿Para qué negarlo? Soy vieja, muy vieja. Ya no sirvo para nada, ¿comprendes?
—No mucho. No se puede ser vieja cuando eres así, como eres.
—Puedes fumar de mi tabaco sin necesidad de halagarme. El tiempo me va consumiendo. El tiempo nos alcanza a la muerte. Pero queda poco ya. ¿Ves? Es cigarrillo. Se está haciendo cada vez más pequeño. Yo ya estoy casi… en el filtro. La hoguera de la vida me pone punto final.
—Pues yo nunca pienso en la muerte. Me parece, no sé, como si nunca fuera a llegar. Es como un imposible. No me imagino muerta.
—Y riéndote de esa manera, menos. También yo pensaba así. Estaba igual de ciega. Pero, ahora, se me ha esfumado esa máscara. La máscara con la que queremos ocultar la verdad. Y la verdad es que el tiempo, segundo tras segundo, mata la vida. ¡Hay que destruir los relojes! ¡Hay que detener el tiempo!

Beatriz y los cuerpos celestes, de Lucía Etxebarría

Y es que del amor, como de la vida, siempre se espera más y nunca se está satisfecho. Y mi contento se limita a momento puntuales, probablemente amplificados en la memoria, y casi siempre, en el recuerdo, transcurridos a oscuras. Avanzarán los días y yo seguiré hundiéndome poco a poco en esta ansia de infinito, en esta inapagable sed de absoluto en la que nada es suficiente. Si por mí fuera, me pasaría el día haciendo el amor, y no sólo porque me guste sino porque es entonces cuando parece que las cosas llegan al límite; cuando, aunque sólo sea por tres segundos, huyo, salgo de mí, me hincho de luz y me aclaro, feliz y sin memoria, perdida en labios inventores de espléndidos engaños. Y entonces me digo que sí, que tiene sentido seguir adelante, a pesar de esta certeza de estar siempre sola.

Mareas de sombra temblaban aquí y allá, en la oscuridad, y avanzaban hacia nosotros como olas inmensas en las que nos sumergíamos, ahogándonos en vacilantes dimensiones de abandono.
El frío de la noche enardecía nuestros brazos, los suspiros se estrellaban en el edredón, y ante mí se agrandaban aquellos ojos apenas perceptibles, la nariz que se frotaba con la mía. En medio del silencio nos susurrábamos promesas increíbles, niñerías absurdas, declaraciones tópicas de puro repetidas que reverberaban en múltiples vibraciones, y el tiempo se nos iba en hacer y deshacer la cama. La hice para él alguna vez, tras descubrir el juego de sábanas que vete a saber tú de quién había heredado, y le enseñé lo que era un embozo, algo desconocido en aquella tierra de los edredones. Opinó que aquello era como un sobre, un sobre diseñado para guardar tesoros. Yo era un tesoro, supongo, desnuda y puta como un recién nacido, acogida en la frialdad y la blancura de las sábanas, un útero de tela, y él compartía conmigo aquel refugio, patinando hacia mí a través de la llanura de hielo resbaladizo que era la ropa de sábana que yo había tendido y estirado. Deslizándose en mi búsqueda, chocaba en los oscuro, de pronto, y yo sentía su piel en contacto con la mía. Él susurraba arrastrando las palabras con su voz anaranjada y me contaba las cosas que iba a hacer conmigo. Me hacía reír y mis gorjeos rebotaban en la bóveda de lienzo que me cubría entera. Y entonces sentía cómo entraba en mí, un ataque luminoso que alumbraba las sábanas.

Mis primeros meses se me aparecen en el recuerdo como una especie de borrón, un embrollo de horas húmedas y grises que transcurrían en monótona sucesión; un rosario de fechas empapadas de nostalgia, una detrás de otra, sólo diferenciadas por el nombre que el calendario asignaba los días. Después del viernes tres venía el sábado cuatro, después el domingo cinco, inevitables. La angustia , un buque fantasma, se iba hundiendo lentamente en el tiempo cenagoso; aquella angustia ante lo borrado, lo perdido, que se iba posando dentro, como una lluvia interior.

Porque al fin y al cabo todo lo que se escribe acaba por ser una nota a pie de página de algo escrito antes.
Existe un solo tema, la vida, y la vida es siempre la misma: una misma radiación impregna al universo entero y no está asociada a ningún objeto en particular.
Todos nuestros actos, todos nuestros amores, son repeticiones de otros ya acaecidos y por eso siempre encontraremos en un libro la respuesta a alguna de nuestras preguntas.
El problema radica en que ya no entenderemos nada de lo escrito en tanto no lo hayamos vivido de un modo u otro y me parece que yo ahora y sólo ahora empiezo a comprender frases leídas hace tiempo.
Ahora comprendo que la ciudad me sigue, que camino siempre por las mismas calles, y que hace falta desenterrar la angustia para que no se pudra bajo mis pies.
Por esta razón dejo una ciudad y regreso a otra, porque sé que en el fondo habito siempre en la misma.
Creí dejar atrás el sufrimiento y he comprendido que lo llevo conmigo, y que ahora vuelvo a la misma ciudad que odiaba tanto.

En el mundo en el que yo crecí parecía estar muy claro lo que era un hombre y lo que era una mujer. Se hablaba de ocupaciones etiquetadas como más o menos adecuadas para la virilidad de un hombre o más o menos incorrectas para la feminidad de una mujer. A las mujeres les correspondía una cierta forma de docilidad, de refinamiento, sensibilidad de gustos, de comportamiento. Ellos eran más fuertes y rudos, menos sensibles, más encaminados al trabajo duro. Existían, además, hombres señalados como femeninos y mujeres etiquetadas como masculinas, aquéllos y aquéllas demasiado sensibles o demasiado rudas de acuerdo con el patrón.
Pero, por supuesto, y como pasaba siempre con las enseñanzas de las monjas y de los padres católicos, en realidad las cosas no eran tan claras como pretendían hacernos creer. Los sexos no estaban diseñados en prístino blanco y negro: existía una variedad infinita de matices de gris. Los hombres, puestos en fila, presentarín diferentes grados de masculinidad tanto en su aspecto como en su comportamiento, y las mujeres mostrarían una variedad comparable, incluso mayor, de forma que alguna mujer supuestamente no femenina podría resultarlo colocada al lado de un hombre hipermasculino. Y si se pusiera un hombre dulce y delicado, supuestamente femenino, al lado de la más dulce versión femenina de su propia persona, parecería mucho más masculino que ella. Todo el asunto acaba reducido, por tanto, a una cuestión de grado.
(...)
Los niños van de rosa, las niñas van de azul. Rosa es el color de los afectos. Azul el de los uniformes de trabajo. Monos de mecánico, trajes de azafata. Azul. Corbatas de ejecutivo, bolígrafos para hacer cuentas. Rosa. Cubiertas de novela romántica y cajas de bombones. Los hombres son racionales y las mujeres sentimentales.
Se nace persona. Dos días después te perforan las orejas. Te ponen unos patucos rosas. Ya eres una niña. Vas a un colegio de niñas. Te visten con falda y coletitas. Cumples catorce años. Tu primer pintalabios. Ya eres mujer. Cumples quince. Zapatos de tacón. Te sonrojas ante los chicos de la parada del autobús. No corres los cien metros. No escuchas heavy metal. Ya eres una cretina.
¿Qué aprendí en la facultad? ¿Qué escribía en mis trabajos? El concepto de género está sometido a manipulaciones sociales. Una convención impuesta. No asociada a factores biológicos. Nacer hombre o mujer. No supone implicaciones de comportamiento irreversibles. Nos comportamos como tales por educación. Los roles sexuales se aprenden en función de los hábitos culturales. No son innatos. Las mujeres no son hembras porque lleven tacones. Los hombres no son machos por llevar corbata.
Cumplí quince años y dejé de ir a misa. Cumplí dieciocho y besé a Mónica. Luego me largué a Edimburgo. Allí me rapé el pelo y me compré unas botas de comando. En la calla nadie sabía si era chica o chico. Fue la última transgresión. La última transgresión.


Ahora direis "Nadie va a leerse eso", pero si alguien pone, por largos que sean, supongo que si me interesan los leeré.

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2 Re: Extractos de vuestras lecturas el Sáb Nov 15, 2008 6:05 am

Tiempo de Silencio de Luis Martín Santos. LO RECOMIENDO CON FERVOR, ES UN LIBRO DE PUTA MADRE, y si os gusta la buena lectura no os defraudará nbi el tema ni cómo está escrito ni nada.

Echó el cerrojo. Está solo. Una alegría de varón triunfante le invadió un momento y se encontró como un gallo encaramado en lo alto de una tapia que lanza su kikirikí estridente contra los animales sin alas que circulan allá abajo, alrededor, y que le miran con ojos burlones: el gato, el zorro, la raposa. ¿Ese kikirikí qué dice? ¡Pero si estoy borracho! ¿Y ella? Duerme; ella se ha quedado dormida. Ella estaba dormida, no se ha despertado apenas. Sólo un dulce sueño. Duerme y yo aquí por qué. Qué kikirikí ni ladrido a la luna. Qué necesidad de saber qué es lo que he hecho. Qué protesta contra este calor en las mejillas. Contra aquella gran copa de coñac que aún me repite. Contra toda la noche tonta. ¿Para qué? Yo para qué lo he hecho. Si yo creo que el amor ha de ser conciencia, claridad, luz, conocimiento. Yo aquí con mi kikirikí borracho. Como el asesino con su cuchillo del que caen gotas de sangre. Como el matador con el estoque que ha clavado una vez pero que ha de seguir clavando en una pesadilla una vez y otra vez, toda la vida, aunque haya avisos, aunque el presidente ordene que se cubran todos los sombreros con los pañuelos blancos, aunque suene la música y los monosabios hagan piruetas en la arena, aunque llegue un camión de riego del Ayuntamiento, allá el torero ha de seguir clavando su estoque en el toro que no muere, que crece, crece, crece y que revienta y lo envuelve en toda su materia negra como un pulpo amoroso ya sin cuernos, amor mío, amor mío, mientras la gente ríe y pide que se les devuelva el importe de sus localidades.
Llenó la jofaina de agua. Agua fría del jarro. Remojó su cara. Llenó de agua toda su cabeza. Se miró en el pequeño espejo rajado. Dio una vuelta sobre sí mismo. El agua caía por su cara chorreada desde los pelos negros y brillantes. El agua bajaba hasta su cuello y se metía entre la piel y la camisa. Se quitó la corbata que absurdamente seguía todavía fiel a su forma diurna. Cayó al suelo con sus listas azules y rojas oblicuas. La imagen de la belleza de Dorita seguía flotando en la confusión de su mente. No como la de un ser amado ni perdido, sino como la de un ser decapitado. Ella había quedado allí, separada de él sólo por un tabique y unida a él por una historia tonta que no podía ser tomada en cuenta; pero que le perseguiría inevitablemente. La cabeza flotaba –como cortada- en el embozo de la cama. ¡Era tan bella! Ella dormía. Todo era natural en ella: Ella estaba en su silenciosa mecedora esperando y nada podía sorprenderla.
Volvió a echarse agua en la cara. Agradable esta agua al amanecer. Despeja la cabeza. Todo lo que estaba dilatado se contrae. La borrachera desaparece. La frente vuelve a ser frente y no ariete-arma-testuz que ataca. Agua fría. Remedios primitivos: la telaraña en la herida, la sábana entre las piernas, la saliva en el mordisco, el pichón abierto en la fluxión de pecho, la sanguijuela en la apoplejía, la purga en el cólico miserere. Los baños purificativos, el bautizo, la resurrección del muerto llevado en el carro que cae al vadear el río, la piscina de Siloé, la inmersión de la muchacha jorobaza con mal de Pott en el gluglú de la gruta de lurdes, el taurobolio, d baño de sangre bajo el gran ídolo de los sacrificios, el Jordán con una concha venida de un mar que no está muerto, la voz desde lo alto explicando que éste es su hijo muy amado, la lluvia, la lluvia. Y este pueblo en que no llueve. Este pueblo que no tiene agua. En qué río poder caer aquí
si desde el viaducto cae el suicida sobre tejas romanas. El suicida del viaducto, juntito a donde debiera estar la catedral y sólo luce el esplendor de la Casa. Viaducto para borrachos cogidos en una trampa. Yo también, puesto en celo, calentado pródigamente como las ratonas del Muecas, acariciado de putas, mimado de viejas, robado de animales de experiencia, pensando en cánceres experimentales pero amigo de literatos, viviendo en pensión modesta pero bebiendo las noches de los sábados, pendiente de una bolsita en el cuello recalentador de la ciudad, hasta que caiga sobre mí la orden del presidente y me coloque frente a mis obligaciones ineludibles y -como hombre de honor inspirado para la defensa de la familia y del status actualis situationis- consiga que todo permanezca en los mejores parabienes y regulaciones instituidas, para bien del hombre y de los pueblos, desde la lejana noche de la edad media cuando ellos con su sable levantado consiguieron dar forma a expensas de la morisma de los campos de Toledo y de las zonas bajas donde habla empezado a trabajar las huertas, a la nueva nación, pueblo elegido, ciudad aséptica, sin huerta, donde el hombre se alimenta de espíritu y aire puro por los siglos de los siglos. Amén.
Más agua, más para borrar la huella de la boca. Agua traída desde la lejana sierra con largos canales que han pagado los hombres que sudan a lo lejos, para que -llegada- tan pura no desentone del pneuma local y no impida querer mandar, que no convierta las cabezas en. esponjas, sino que los varones que respiran continúen siempre clarividentes, siempre con la capacitada espada en alto, dirigiendo, dando forma a la inerte corpulencia venosa de los lejanos virreinatos. Agua que no bañe, agua sólo para beber, agua que no envuelva como una niebla o una nube próxima, sino que se introduzca por los poros finos del cuerpo, que desopile pero no empape, que no hinche, que no engorde la piel, que no embastezca el perfil duro, casi córneo del imperio de secano. Y la bebía como si él también fuera un águila que hubiera de volar muy lejos.

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